Mostrando entradas con la etiqueta visto y no visto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta visto y no visto. Mostrar todas las entradas

8.2.12

buenos días!

Después de algunos días sin dar señales de vida, vuelvo para daros dos noticias buenas (o que al menos a mi me parecen buenas).
La primera es que he creado otro pequeño blog que tiene que ir creciendo (y que no parará de hacerlo si todos le damos amor, como a Brother). Os dejo el enlace aquí para que me hagáis feliz con vuestras críticas constructivas en forma de comentarios.
La otra noticia buena es en forma de una canción de aquellas que te hace sentir algo diferente cada vez que la oyes. No sé si os servirá para algo, pero creo que es necesario renovarse, actualizarse y encontrarle los tres pies al gato de vez en cuando.

29.1.12

Sale el sol por mi taza de café. Ya no se me amontonan las cosas, todo fluye, el ambiente es claro a mi alrededor. Como pompas de jabón o esa conversación a medias tintas con ese hilo de voz tan propio de ti, tan propio de nuestras confidencias. De cuando existimos sólo tú y yo. Y nuestro mundo. Y esas cosas que no se podrían explicar ni con mil millones de palabras. Porque en nuestro mundo, si me hundo en una silla, me rescatas para dejarme que me hunda en un sofá. Me acurruco contra ti y de repente ya nada me da miedo. Soy invencible
Mañana saldrá el sol una vez más. Quién sabe si por la misma taza de café recién hecho, entre el humo y la espuma. Quién sabe si tendré los mismos miedos. Quién sabe si decidiré hundirme en una silla o sentada en alguna acera con los tacones de ayer (y que hoy cambio con gusto por unas deportivas para dar saltos y salvar al mundo de la hecatombe de tristeza que a muchos se les viene encima). Yo no lo sé. Ni tú tampoco. Pero espero que estemos todos aquí otra vez para encontrar la solución juntos.

23.12.11

soñando un sueño soñé...

La primera vez que vi a Celia en la ciudad no tenía ni origen ni destino. Nadie sabía quién era, no parecía tener ningún documento de identidad o familia que pudiera ayudarla. Era completamente desconocida. Se pasaba días enteros sentada en el banco que da al mar y si hacía malo, se resguardaba en algún local del centro, pedía un café y cruzaba las piernas en la silla. Llevaba siempre consigo aquél cuaderno de piel oscura y una estilográfica más cara que todo su atuendo e iba anotando sus cosas allí. Cosas bonitas, cosas tristes, sus enfados... incluso alguna vez la vi dibujar. 
Un día me acerqué a hablar con ella. Recuerdo que en ningún momento borró aquella sonrisa de calidez infinita, que se reía con mis chistes malos y que, al marchar, me besó la mejilla. Siempre que nos veíamos, le contaba cosas. Hablábamos de todo. Desde los temas más banales y superficiales como qué había estudiado, de dónde venían mis padres o si estaba trabajando, hasta los aspectos más profundos de mi existencia como mis fracasos sentimentales y cómo salí de ellos, mis miedos, mis dudas... 
Sin a penas darme cuenta, Celia se convirtió en mi mayor confidente. Y yo seguía sin saber nada de ella. Me sentía tan mal que un día empecé a hacer preguntas en batería. Sin quererlo, hice que se enfadara y se fue en el más absoluto silencio, dejándose la sonrisa y las ganas de vivir en los posos del café. Cuando fui consciente del daño que le había hecho, la busqué por todas partes. Estuve días y días frecuentando el banco donde anotaba, la cafetería en la que solía pensar y las calles que durante meses se llenaron con la luz de sus pasos. Pero no estaba. Había desaparecido.
Algunos días más tarde, en mi ya habitual ruta de intentar respirar algo de ella, vi un cisne de origami en papel amarillo descansando sobre su banco. Me senté a su lado y lo tomé entre mis dedos con sumo cuidado, como si fuera a romperse. En él estaban escritas las líneas en las que se despedía. 


Estimado Santi,

Después de unos meses compartiendo, creo que ya estás preparado para salir adelante sin mi ayuda. Siento si he sido brusca con mi forma de marchar, pero creo que era el momento de hacer que tus sueños despegaran. No te ates al pasado y libérate de tus miedos, vuela

Quería que supieras de mi puño y letra que no soy una persona común. Supongo que ya lo sabías, pero debía confirmártelo. No tengo casa. No tengo a nadie. Pero tampoco tengo miedo. Tengo ideas, sueños, inquietudes, hobbies y algún que otro amor platónico.  

Somos polvo de estrellas, Santi. Hoy estamos aquí y mañana quizás no. A cada minuto que pasa somos un poco más pequeños y todos necesitamos algo que nos haga saber que seguiremos aquí para siempre. Es difícil y pocos lo consiguen. Pero yo creo en ti. Y sé que lo harás. 

Te deseo toda la suerte del mundo.
Siempre contigo, 
Celia.





7.12.11

con los pies fríos...

Todas las paredes del edificio eran de papel. Estirada en el sofá, Denise podía escuchar perfectamente cómo algún vecino planchaba, hablaba por teléfono, tecleaba en su vieja Overwood o removía las aguas de la bañera. Al principio, todos esos ruidos eran un problema. Cada vez que intentaba concentrarse había algo que hacía pedacitos su armonía, así que se fue cerrando cada vez más y más. 
Cuando salía a pasear, se quedaba embobada mirando las luces de los coches o el trajín de la gente, arriba y abajo por la calle. Pensaba. Y lo hacía en el ojo del huracán, rodeada de escándalo, de ruidos, de humo, en pleno bullicio
Había dado un paso atrás. O un salto hacia adelante. En cualquier caso, algo había cambiado en ella, no sólo los amigos, el ambiente o ese extraño conjunto. Era algo que iba un poco más allá, como si sus pensamientos estuvieran un palmo por encima de su cabeza. Tendría que acostumbrarse, pero a ella le gustaba así. 

Denise descubrió que esa era la clave para poner límites válidos.

22.11.11

tricolor


El reloj de la estación da mil vueltas. Si te descuidas, te deja atrás, te abandona. Los días grises se suceden, los molinillos de colores atados al balcón chirrían al roce del plástico quemado por el sol de un verano que ya ha pasado. Todo pasa y todo queda, decía Machado en referente a mundos sutiles, ingrávidos y gentiles como pompas de jabón. Pero sigo pensando que son más cosas las que quedan que las que pasan, que el mundo no es gentil para nadie y que el (buen) poeta siempre es peregrino. 

Por eso yo sigo aquí. Por eso estas líneas. Porque si algún día me lees, que sepas que estoy a tu lado. Ahora y siempre.


P.S.: Me muero de ganas por hacerle un cambio de look a mi pizarra de videla pero no me atrevo.

17.11.11

Ver el cielo en tres colores, esperando que anochezca. Desde lo alto del parque: el anfiteatro, el mar y el cielo a golpe de pluma. Texturas imposibles y nubes que parecen pintadas con aerosol. Cuatro frases embaladas, un guiño, te saco la lengua y escondo mis mejillas sonrosadas en tu pecho. No sé cómo lo haces pero siempre lo consigues y, si esto es una competición, te dejo que me ganes por un par de besos de esquimal y la promesa que repetimos antes de que dé tiempo a que se me vaya tu olor de la ropa. 

Ñam, ñam, ñam...

P.D.: lo prometido es deuda...

8.11.11

new orleans

Charlotte subía a veces a aquél café para relajarse. Se pedía siempre cosas con nata, escudándose en que en casa no tenía para poder ver cómo aquella espuma con canela espolvoreada hacía surcos entre en humo. Iba allí a no pensar, a sentirse cerca de sí misma y a mirar por aquella ventana que no daba a ninguna parte. Su pequeño refugio estaba en una especie de realidad paralela: una plaza de pueblo escondida en un recoveco de la gran ciudad. 
Sonido de lluvia que le recordaba a nieve, o quizás al ruido de coches pasar por su lado en la carretera. Olor a él y sus manos posándose sobre su muslo. Calientes, como siempre. Le gustaba sentirlo cerca, sentirse un poco suya. De hecho, en ese momento hubiera firmado por tomar el tren de la vía 4 con una caja de cerezas bajo el brazo. Y ella sabe (vaya si lo sabe) que hubiera ido hasta el fin del mundo por él. Porque, por mucho miedo que tenga, hay determinadas conexiones que no se borran. 

3.11.11

bigkid.

Se agarraban de las manos como si de un momento a otro fueran a estallar en pedazos. No caminaban, flotaban por encima de la fina capa de agua que cubría el asfalto, ajenos a los relieves de los baldosines o a las raíces de los árboles que se resistían a seguir allí abajo. A veces se miraban con esos ojos centelleantes, deseando decir todas aquellas cosas que jamás cruzaron el umbral de sus labios.

hagamos algo que nunca hayas hecho y siempre hayas querido hacer... 

23.10.11

apuesta

Siempre hay un momento en el que tienes que decidir. Si quieres estar bien o mal; si ríes, lloras o te quedas impasible; si te apetece seguir, te paras a descansar o te apetece abandonar el camino. Pero ten presente que siempre hay una alternativa, una segunda opción. Y que esta vez no va a ser diferente. Por eso, sea lo que sea, crea tu propio camino y apuesta por él. Por mucho miedo que tengas, por muy duro que sea: esta vez, intenta ganar.

30.5.11

bicho malo nunca muere.

No sabía por qué, pero volvía a encaminarme escaleras arriba. Esta vez, después de mucho tiempo, volvía a sentir su aliento en la nuca. Maldición, pensé que me había deshecho de ellos, que los había despistado. Tonta de mi, eso era imposible. ¿Cómo ser esquiva en una escalera infinita, sin apenas rellanos y con todas sus puertas y ventanas cerradas? Podría haberme distanciado de ellos, podría haberlos dejado atrás... No lo sabía, pero no me podía para a comprobarlo: eché a correr.
Jadeante, me detuve apoyándome en la barandilla y miré abajo. Nada. Oscuridad, vacío, ausencia de todo, ni rastro de ellos. De repente, volví a sentir su presencia, sus respiraciones arrítmicas tras de mi. Me quedé paralizada, con una expresión de horror en mi semblante que persistió por horas. Cada vez más cerca y a mi espalda, fueron aproximándose hasta llegar a tocarme, a envolverme. En el nacimiento de mi pelo percibía las bocanadas de aire helado mientras un denso manto de escarcha me adormecía, me tenía entre sus brazos, me acunaba, meciéndome, agobíandome, ahogándome. Mi mente se rebelaba: "¡Escapa!" me gritaba "No dejes que te gane!" Pero mi cuerpo estaba abandonado a ese dolor placentero, a la culpa sumisa y dulce. Me dejaba llevar por ese aura maligna de mi misma, por mi yo más oscuro, por mis miedos.
De golpe, se abrió una claraboya por encima de mi cabeza, haciendo que una luz blanca iluminara todo cuanto había estado sumido en las tinieblas. Vi entonces dónde me estaba metiendo. Al contrario de lo que pensaba, tenían cara y ojos, estaban perfectamente identificados, eran concretos. No retrocedieron ni un milímetro, es más, en verse descubiertos hicieron más frenético ese ritmo enfermizo que ya llevaban. Y así fue como me abrí paso a patadas y cabezazos hacia mi libertad. Cómo me enfrenté a mis miedos, a mis limitaciones y a todas aquellas horribles pesadillas que me perseguían. De esta manera le escupí en la cara a la adversidad y me hice con el control de mi vida y mis metas. 
Porque sí, porque el secreto está en echarle narices a la cosa, que si te resiste algo, tu eres peor. 

27.5.11

Están entre nosotros. Agazapados entre las sombras, tomando un helado sentados en la rambla; en las discotecas o en la plaza mayor. No se esconden, no tienen miedo de ser reconocidos. Juegan con nuestros sueños, nuestras ilusiones; juegan con nuestros destinos y nuestras mentes, con nuestros sentimientos. Lo peor de todo, es que los dejamos jugar, que entramos en su dinámica y, entonces, nos ganan. Somos demasiado ingenuos, no nos sabemos las normas, somos unos principiantes, unos novatos, unos pardillos... y pese a todas las derrotas, seguimos creyendo que somos mejores que los demás. 
Así que, a todos aquellos que estáis al otro lado creyéndoos que sois mejores que el vecino, siento comunicaros que NO. Que no sois ni mejores, ni más guapos, ni más listos, ni más aptos; sino más inseguros, hipócritas e inestables. No voy a desear que un rayo os parta, porque os podríais sentir especiales (dada la gran casualidad que eso significaría); sólo esperaré que el tiempo hable.
Ya sabéis: quien siembra, recoge.

11.5.11

de peces y estrellas.

¡Muy recomendable escuchar con música!

Simon estallaba a menudo. Su vida era un caos como hay pocos en el mundo, un desequilibrio constante, una locura. Siempre que se veía acechado por las dudas, los temores o el desnivel de la balanza de su delicada vida, cogía los bártulos de pesca y se sentaba en el muelle a esperar. Lo hacía siempre de noche y procuraba que estas fueran claras. Se tomaba su tiempo en montar los artilugios todavía frescos por el uso dado pocas noches antes y echaba el anzuelo a la oscuridad. Entonces, se tumbaba boca arriba con los pies colgando hacia el agua a contemplar las estrellas. A pensar en sus aciertos, pero sobretodo en sus errores. Barajaba con frecuencia todas las posibilidades de su vida y casi nunca le gustaban. Por eso vengo aquí, se decía, para enajenarme, para perderme descubriéndome, para intentar encontrarme. No sabía, sin embargo, que no lo conseguiría nunca. Igual que nunca picarían los peces, pues el maíz que ponía como cebo no era santo de su devoción. De la misma manera que nunca conseguiría situar las constelaciones que su padre intentó enseñarle. Así pasaría otra noche más cobijado por las estrellas y el olor a sal, echando de menos todas las cosas que perdió, añorando a los que todavía están, envidiando a los que se fueron para no volver. 


1.5.11

Desde la Antlántida, con amor.

Querido yo,

me dirijo a ti para recordarte que los comportamientos impulsivos no sirven para nada. Que de nada sirve actuar sin medir tus consecuencias, tus palabras, tus actos si después te vas a arrepentir de todo a la vez. Que es completamente inútil mentirte a ti mismo, fingir que eres y dejas de ser a tu antojo, porque sabes que no es verdad. Puedes conseguirlo con los demás, pero no conmigo, no contigo mismo. Reconócelo, no se pueden dar pasos atrás en el tiempo y, a veces, por mucho que lo intentes, no recuperarás todo cuanto tuviste y perdiste. Sabes que valoro por encima de todo que luches para intentar conseguir lo que era tuyo, pero sabes igual que yo que ese esfuerzo es en vano. 

Querido yo, siento que nuestra relación haya sido, cuanto menos, tortuosa. Que hayamos pasado por todos los altibajos habidos y por haber en estos últimos 5 meses, que nos hayamos hecho daño y que no nos hayamos sabido curar las heridas. Pero lo que más lamento de todo es nuestra forma de zanjar los problemas. Nos cuesta, pero sé que podemos entendernos, que existe un punto medio. De todas maneras, me gustaría seguir recordándote cosas: los principios se tienen para tener algo en lo que creer, quieras o no. Y cuando éste "algo" hace que todo lo demás caiga, más vale abandonar los principios que te han hecho perder. 

Sólo tenemos una vida. Una vida que llenar con tardes al sol, con días de playa. Una vida de rosas, orquídeas y lirios blancos, de bombones Ferrero, de baratijas que se convierten en anillos caros con el tiempo. Que los días que se suceden deberían ir sin tiempo y con un Manhattan, arriba y abajo con la melodía exacta de los guiños de los rizos de tus pestañas y del parpadeo de ambos músculos eternos. El mundo tendría que vivir bailando. No importa si un vals, un rock o la canción de moda. Pero con la música adecuada para estar cómodos, para creer en nosotros mismos, en ti, en mi y en lo que nos rodea en lugar de en ese puñado de ideas preconcebidas con las que te has armado. 

La vida que estás buscando, querido yo, no la encontrarás en grandes cosas, sino en pequeños detalles. Te lo tengo dicho y sé que a veces incluso a mí se me olvida, pero es importante que ambos lo tengamos presente: no serás más feliz por tener más y más ambiciosos proyectos. Te aconsejo que en lugar de obcecarte por conseguir tus metas en un tiempo récord disfrutes de lo que te envuelve. Del olor a sábanas limpias o de la comida que hace mamá un jueves especial. Del arco iris un día de Sant Jordi, de los viajes en tren o las esperas que parecen no llegar nunca a su fin. Te propongo disfrutar de la sonrisa del que tienes al lado como si fuera propia, déjate inundar por una mirada de luz o unas mejillas sonrojadas. Y sobretodo, no intentes evitar enamorarte, tú sabes igual de bien que yo que es lo que más deseas en este mundo.

Desde la Antlántida, con amor.

PS.: Esta carta ha sido enviada sin dirección ni remitente, en una botella de cristal un día de tormenta. Sólo espero que tú, que la estás leyendo, no la retengas más que el tiempo necesario para leerla y volverla a lanzar lejos de tierra firme.

África.

África era la típica muchacha dentro de una bola de metal. O quizás toda ella era metal, firme, fría, férrea. Nadie sabía cómo lo hacía, pero esquivaba con pasmosa habilidad todas las trampas que la vida le tendía. Nada funcionaba con ella: ni las broncas, ni las amenazas, ni el chantaje emocional. Poca gente había visto lágrimas de verdad correr por sus mejillas. Me refiero a las lágrimas que dejamos escapar cuando realmente estamos al límite de nuestras fuerzas, cuando somos incapaces de encontrar una solución válida a nuestros problemas... No, ella no era de esas. A ojos de muchos tenía una vitalidad extraña, decidía y mantenía hasta el final sus decisiones. Escasas veces daba un paso atrás, jamás bajaba la mirada y siempre que podía enfrontaba lo que le pasaba con optimismo y un saco sin fondo de sonrisas. 

El problema venía cuando dicho saco recibía un desgarro. Visto y parado a tiempo era fácil darle remiendo, pero si el agujero pasaba desapercibido la desgracia era inminente. El mundo se le venía encima, los ataques de ansiedad eran frecuentes, los cambios de opinión estaban a la orden del día y todo era motivo de bronca y burla. Siempre de puertas adentro. Para los demás, sencillamente era un poco más borde de lo habitual, reía un poco menos y estaba algo más absorta, nada del otro mundo, sin embargo, incomprensible. Quizá esa es la palabra que la defina mejor llegado el momento.

África... alocada, salvaje, libre, viva... y al final, cambiante.

27.4.11

soy tu mayor problema y tu única solución...

Se ha hecho tarde y tiritan la mitad de las farolas en la calle Borrás. Marta camina a tientas, le tiemblan las rodillas y el pulso, hace crujir los dedos cada dos por tres y mira nerviosa a ambos lados de la calle para asegurarse que no la sigue nadie. Tira del asa del bolso y, sin dejar de caminar, lo abre y sanquetea las cosas en su interior, buscando algo. No, no está. Se la ha dejado en la mesita de Simón. Mierda, piensa, no he podido ser tan descuidada... Pensaba en todo lo que podría pasar si él la viera allí, brillante, sin un solo rasguño. Si la tocara, si consiguiera destaparla... No, no, no, eso no podía pasar.

Corre calle arriba deshaciendo sus pasos hasta el portal por el que acaba de salir y toca al timbre ocultando cualquier indicio de sobresalto o desesperación. Simón, extrañado, le abre la puerta y se hace a un lado para que pase. Ella, melosa, le revuelve el pelo y baila con el aire de la habitación, desordenándolo todo con el brillo de sus ojos, iluminando las estanterías con su risa, pintando las motas de polvo en suspensión con su perfume.

Simón la mira atento. Acaba de olvidar los escasos minutos que han transcurrido sin ella, que ha vuelto a inundar la pieza con la música de sus tacones. No se ha dado cuenta de lo que reposa, inocente, en su mesa. Ella se acerca, lo recoge en un movimiento casi imperceptible entre el pulgar y el índice.  Marta no puede dejar de seducirle. Lo hace inconscientemente, o quizá sea él el que no puede verla de otra manera... es sexy. Horriblemente sensual, peligrosamente atractiva, deliciosamente venenosa, contundentemente volátil. Y lo que es peor aún: dulcemente falsa.


Así que Marta huye vilmente de un triste piso en la calle Borrás... con sus piernas eternas y su pulso firme, con la mirada en alto, dispuesta a atacar a quien se le interponga. Marta, que blande su instrumento homicida, lo abre y esparce el letal carmín por esos labios inofensivos, dispuestos a cobrarse una nueva víctima.

19.4.11

tic-tac tic-tac

Se levantó de un bote de la cama, buscando el despertador que, tirado en el suelo, no dejaba de taladrarle la cabeza con el incesante ruido metálico que emitía. Aún con el calor de las sábanas, se dio una ducha rápida, engulló un par de galletas mojadas en un espresso de máquina y, de un revuelo, cogió el bolso y la gabardina que descansaban sobre el galán. Se extendió la base de maquillaje y el colorete en el ascensor y, de camino al coche, sacó las llaves y abrió las puertas a distancia.

De camino a la oficina, tuvo el tiempo justo de pintarse los labios y de ponerse un poco de la colonia de emergencia que llevaba escondida en la guantera del copiloto cuando el semáforo cambió su color a verde. Aparcó velozmente y subió las escaleras de dos en dos a pesar de los tacones. Entró en la oficina y se sentó en la mesa oval de la sala de juntas y, mientras esperaba que llegara Carlos con el nuevo informe, ojeó la prensa, con especial detenimiento en la sección de sucesos, su favorita.

Cuatro horas más tarde y con un nuevo acuerdo firmado, Tania estaba exhausta. Pero no podía parar, no ahora. Volvió a correr hasta el coche y con el coche por las calles del barrio residencial. Había quedado para comer con su hermano, la invitaban a casa. Odiaba por encima de todo las comidas familiares, pero esta vez no tenía excusa para librarse: Dorian estaba madurando, se hacía viejo y sentaba la cabeza. Era la comida en la que anunciaría su matrimonio con Lidia. Ya se sabe, una pareja es feliz, se sienten bien uno con el otro, viven en común, salen a cenar los viernes, comparten las cosas buenas, el baño y la cama y al final se cansan porque se dan cuenta que el matrimonio no es lo que querían. En fin, cosas de la sociedad y las ansias de parafernalia, supongo.

Tania no esperó a que la comida acabara para salir escopeteada por la puerta. No podía decir que su día estuviera siendo frenético, pero sí algo ocupado. Pasó por casa, preparó la bolsa de deporte y salió otra vez en dirección al gimnasio. Una jornada tan estresante no podía permitirse no liberar tensiones de la manera más antigua que existe: a la fuerza bruta. Nada de yoga, pilates ni tai-chi. No. Ella se había apuntado a kick-boxing, que además de ser una válvula de escape potentísima, le servía para defenderse ante cualquier altercado. Hora y media más tarde, agotada, salió del gimnasio arrastrando los pies por la humedad de los adoquines hasta llegar al portal. Empujó con esfuerzo la puerta de cristal blindado y montó en el ascensor hasta el cuarto, giró la llave en el bombín hasta que cedió el cerrojo y entró, por fin, en su apartamento.

Abandonó el macuto en la puerta, bajo la estantería del recibidor, y cambió los tejanos y los tacones por un pijama de hombre y unas zapatillas mulliditas. Abrió la nevera y se armó de lo imprescindible para hacer una ensalada ligera. Cuando tuvo su bol gigante lleno, cogió un tenedor, encendió la minicadena con la música de Chopin y se sentó en la butaca a observar. A oscuras, miraba a través de la ventana hacia arriba. Desde niña, sus padres le habían enseñado que hay que tener controlado aquello a lo que quieres llegar y controlar de vez en cuando todo aquello que has conseguido dejar atrás... pero sólo ocasionalmente. Se veían las estrellas y la luna que, a su vez, depositaban sus miradas en ella, creando una especie de compacto de polvo de estrellas, un código cifrado, un mensaje oculto en cada parpadeo. Porque,...
 si la luna sigue ahí, quizá sea porque tiene algo que decirnos.

28.3.11

4D

Annette se despertó sumida en un charco de lágrimas, exactamente como recordaba haberse dormido. Lo que no alcanzaba a recordar, sin embargo, era por qué lloraba y cuánto tiempo había pasado desde entonces.¿ Dos días, tres? Quizá algunos meses... o tal vez había estado llorando durante años, desde que nació.

Obcecada divagando, apenas se percató de que el sol despuntaba ya el alba e iluminaba el contorno de todo cuanto la rodeaba y de ella misma, regalándole una realidad nueva, diferente a la oscuridad. Cuando vio la luz, pensó en levantarse del suelo e ir hasta la ventana, abrirla de par en par; salir a la calle a comerse el mundo; construir su nueva vida con todas las cosas bonitas que hallara a su paso (ya saben lo que dicen: si es bonito, es útil); soñar, triunfar, vivir. Escuchaba el piar de los pájaros, la risa de su hermana pequeña jugando con el gato, el afilador con la armónica pasando bajo la ventana.

Y en eso estaba cuando volvió a oscurecer. Había perdido las figuras de la habitación, los destellos de luz acariciando la estancia, el rugido de los coches. Incluso el tormentoso ruido del martillo neumático había desaparecido. Intentó levantarse para averiguar qué pasaba. En vano. No sentía los brazos ni las piernas, no tenía cuerpo, había dejado de existir.

Sólo estaba ella, incorpórea. Sus pensamientos, sus miedos, su mar de dudas, de inseguridades, de mentiras. Había un puñado de verdades; mil recuerdos, cada uno peor que el anterior; alguna que otra sensación y una pregunta. Tan sólo una: 

¿Qué hubiera pasado si...?

6.3.11

looping.

Está preciosa con ese libro entre las manos. Tiene los ojos color fuego, la brisa le mece el pelo y ella de vez en cuando arruga un poco la nariz, como si estuviera viviendo la historia de aquellas páginas. Podría pasar horas y horas viéndola leer, viendo cómo duda ante el armario, cómo se mueve por la casa, embrujándola, cómo se ahueca la cabellera oscura, cómo duerme. Sí, ver cómo duerme me hace el hombre más feliz del mundo. Cuando levante la mirada de las líneas que la han ensimismado, y me descubra observando su boceto de sonrisa perfecta y sus ojos rasgados, volverá rápido a la lectura, sintiendo haber roto la magia de ese momento.
La mañana en que la vi por primera vez ha quedado grabada a fuego en mi mente. Aquel día, el ruido que había en la plaza principal era ensordecedor. Retumbaban las placas de las alcantarillas cada vez que un camión pasaba por encima de ellas, tronaban los cláxones de conductores desquiciados en el bullicio de la ciudad. Brillaba un sol especial y, pese a que corría aún el mes de febrero, mucha gente se aventuraba a lucir camisetas de manga corta o chaquetas finas. Sí, estaba llegando la primavera de los colores vivos y las mejillas rosadas.
Estaba en medio de una de las calles más transitadas de la ciudad con un chico. Él intentaba retener la mano de ella entre las suyas mientras ésta apretaba el paso, intentando evitar a toda costa el contacto físico con él. Cuando ya iba prácticamente corriendo, él le tomó la mano y tiró de ella hasta acercarla mucho, muchísimo. Se tocaban cintura a cintura y hablaban, discutían. No sé qué debieron de decirse, pero vi claramente cómo ella se zafó de esa prisión, escupió al muchacho en la cara y huyó calle abajo como alma que lleva el diablo. En el momento en que se sintió a salvo, buscó uno de los bancos más cercanos a ella y se dejó caer, rendida, en las frías maderas. 
Cargaba con un aparatoso bolso color camel y una carpeta de estudiante que, por su aspecto, debía de pesar una barbaridad. Tiró a un lado todas sus pertenencias y acurrucó las piernas contra el cuerpo, tocándose la nariz con las rodillas dobladas sobre el pecho. Creo que estaba a punto de llorar, pero no estoy seguro. Tardó algunos minutos, pero en cuanto se dio cuenta de que el sol seguía brillando sobre su cabeza, se recogió el pelo en un moño, dejando a la vista la delicada curva de su cuello, y empezó a rebuscar en la bolsa. Sacó las gafas oscuras y un libro, cruzó las piernas y se puso a leer. Ponía cara de interés y sólo levantaba la vista para girar lentamente el cuello, que se le iba acartonando implacablemente. 
Y ahí estaba yo, justo al otro lado de la plaza, sentado en un puentecillo con las piernas colgando sobre el agua verdosa y sucia. No podía dejar de mirarla, estaba, no sé, hipnotizado, sorprendido, embobado con aquella chica. Cuando por fin me decidí a acercarme a ella se estaba poniendo el sol y ambos teníamos que hacer grandes esfuerzos para llevar a cabo la actividad que nos robaba toda la atención: ella leer y yo observar como leía. Me senté a su lado en el banco causando la menor molestia posible y ella levantó la vista despacito, como si temiera que fuera un pájaro que fuera a echar a volar con cualquier movimiento brusco. 
- La lectura debe de haberte abierto el hambre... aceptarías que este pequeño admirador te invitara a cenar?
Como única respuesta, cerró el libro, lo metió en la bolsa y se puso en pie. Cuando hice la propio, me tomó del brazo y me besó en la mejilla. Echamos a andar en silencio. Al contrario de lo que pueda parecer, lo fue un silencio incómodo, sino un silencio de dos personas que no necesitan hablar para entenderse, que disfrutan ese pequeño tesoro que cada vez menos valoran y que cada día es más necesario.



19.2.11

cambios.

"Tras el típico zumbido que oigo cuando habla, se dio la vuelta y echó a andar. Me quedé con la palabra en la boca, no sabía que decir, no sabía si debía decir alguna cosa. Me pareció verlo vacilar al llegar al umbral de la puerta, se pensó dos veces el girarse o no. Luego, con un leve gesto de negación, reemprendió el camino sin dignarse a mirar atrás, con la cabeza gacha y dando grandes zancadas para alejarse cuanto antes de la escena del crimen. Porque, desde luego, aquello había sido una escabechina."

Esta es la historia de la razón, desamparada al ver cómo los sentimientos han hecho las maletas para siempre.